Síndrome Pre y Post Vacacional

Síndrome Pre y Post Vacacional

Vaya por delante que ni uno ni otro está aceptado como enfermedad Muchos no habréis oído ni hablar del síndrome prevacacional que también existe, pero si no hablamos de enfermedad, entonces, ¿qué es?, ¿de qué se trata?, ¿cómo se manifiesta?, ¿por qué se habla de ello? Vamos a intentar responder a estas y otras preguntas y, lo más importante, vamos ofrecer alternativas y a buscar fórmulas para paliar los síntomas. Ambos síndromes, como decimos, aun no estando aceptados como enfermedad, cada día cobran más importancia. Hace unos años no se hablaba de estas cosas pero, como veremos a continuación, muchas personas ya lo padecían. “Lo que no tiene nombre, no existe”: ciertamente es lo que ha pasado. Al darle un término a este conjunto de síntomas, más personas manifiestan sentirlo y esta tipificación como problema nos hace acudir a la consulta de nuestro médico, homeópata o a buscar alguna solución que nos alivie. Hay quien lo relaciona con un tipo de proceso generado en los últimos tiempos y por lo tanto fruto de la vida moderna, si bien más que a la vida moderna cabría achacarlo a una sociedad más y mejor preparada para identificar y abordar elementos discordantes con lo que entendemos por salud. Una sociedad evolucionada se puede permitir hablar de astenia primaveral, síndrome navideño o los que ahora nos ocupan. Lo que sí está admitido por la comunidad científica es que se trata de una situación transitoria y en parte normal: un proceso de adaptación que supone una ruptura con la rutina y una vuelta a la misma. En definitiva cuando este proceso de adaptación no es adecuado, nos pasa factura afectando a nuestro bienestar, entendiendo por bienestar no sólo el estado físico, también el social y emocional. Las características comunes que describen las personas que sufren este malestar pasan por un cuadro de debilidad generalizada, inapetencia e insomnio acompañado de un cansancio generalizado. Desde un punto de vista psicológico está relacionado con la anticipación de problemas y dificultades que se manifiestan a través de nuestros pensamientos y derivan en una somatización de los mismos. Por ejemplo: Tengo tantas cosas que hacer y tantos frentes abiertos que no sé cómo me voy a poder marchar. No quiero ni pensar en lo que me espera cuando vuelva. En el primer ejemplo manifestamos la angustia, culpabilidad y sentimiento de que necesitamos más tiempo. Este pensamiento puede derivar en estrés, ineficacia, pensamientos recurrentes, pérdida de tiempo y una cierta procrastinación (posponer tareas que se nos acumulan). En el segundo ejemplo anticipamos una vuelta plagada de deberes, problemas, situaciones mal resueltas, proyectos inconclusos y una terrible sensación de no poder con el trabajo. En definitiva, la capacidad de concentración se ve limitada así como la tolerancia ante la realización de tareas. Esta falta de tolerancia al trabajo ocasiona una sensación de desidia y hastío. Con frecuencia aparece una sensación de angustia vital que deriva en un bloqueo o incapacidad para tomar decisiones. Puede producirse asimismo un cambio de carácter que derive a una cierta agresividad, sin embargo, se establece habitualmente y de forma progresiva una sintomatología más propia de un cuadro apático e incluso depresivo. Si la concentración y la capacidad de tomar decisiones está deteriorada, ordenar la agenda se convierte en tarea titánica y así se inicia un círculo vicioso que da lugar a un ingente cumulo de tareas, al que se unen otras por realizar y que puede aumentar si añadimos el periodo vacacional. Llegados a este punto nos atrevemos a decir que mucho síndrome postvacacinal es debido a un síndrome prevacional no resuelto. Lo peor del caso es que, al entrar en esta dinámica, se ve afectada no solo la propia capacidad de resolución, también las relaciones con los demás se deterioran: los compañeros de trabajo y las familias acaban sufriendo las consecuencias. Un carácter dirigido por este malestar e insatisfacción deriva en tensiones en nuestras relaciones con los demás. ¿Y quién a estas alturas no ha sentido algo de esto alguna vez? ¿Qué nos predispone a ello? En la mayoría de los casos la predisposición es mayor ante vacaciones largas y/o poco preparadas y cuadros de estrés derivados de una insuficiente adaptación al trabajo o falta de motivación. A pequeña escala se vive los jueves-viernes y los domingos, (quizá algún día hablemos de estos síndromes). Una vez identificados los síntomas y las posibles causas vamos a dar unas pautas para prevenir desde un punto de vista psicológico esta situación tan desagradable. Hablábamos de vacaciones largas y poco preparadas, esto es, ansiedad por “desconectar”. La mayoría de nosotros solemos admitir lo mucho que alimenta un fin de semana bien organizado en contraposición a periodos de descanso más largos. Merece la pena plantearnos por qué, y la respuesta es bien sencilla: cuando tengo poco tiempo me organizo de maravilla, el excedente nos aturde. Igual que es más fácil hacer una buena comida cuando se tiene poco tiempo y pocos ingredientes, también es más fácil organizarse mejor cuando hay límites. No suele suceder, como a veces nos dicen, que la causa sea volver de golpe: puedes volver tres días antes y seguir fatal. Lo importante es que estructuremos el pensamiento, que ordenemos bien nuestras ideas. Tanto si me voy una semana, como tres o cuatro, la forma de desconectar es prepararse para ello y la forma de conectar es planificarlo mentalmente y si puedo con tareas e hitos concretos. Ejemplo: En cuanto sepa la fecha de mis vacaciones, puedo empezar a organizar el trabajo pensando en ellas, las marcaré en mi agenda como la más importante de mis reuniones y semanas antes, iré cerrando temas urgentes (los que requieren una solución inmediata), en cuanto a los temas importantes (los que precisan tiempo, anticipación y dedicación) los iré parcelando de manera que los pueda abordar en tares menores y programadas. Le recordaré a mis compañeros y superiores que es así por mis vacaciones, el mensaje no es un triste “Es que tengo vacaciones”. ¡NO! , el mensaje es – “A fin de que mis vacaciones no repercutan negativamente en el desarrollo del trabajo, lo estoy organizando de esta manera”. Haciéndolo así ya hemos trabajado pensando en unas vacaciones más o menos largas y nos hemos anticipado a los problemas de adaptación al trabajo y falta de motivación. Merece la pena darle importancia a estos síndromes porque nuestro bienestar es importante, pero merece también la pena que no lo convirtamos en una enfermedad incapacitante. La vacaciones son necesarias, son un derecho, son también un trabajo que hay que organizar, y no olvidemos que la felicidad está en la antesala, disfruta preparándolas e incorpora a esta preparación tanto el pre, como el post. Si preparas tu pensamiento, no necesitarás madrugar días antes para volver al ritmo o retomar rutinas antes de tiempo: el cambio se prepara en la cabeza. Confía en tu cerebro, eficaz por excelencia, él mismo te hará soñar con la vuelta, no lo leas como una pesadilla, está acompañando a tu cuerpo, te está ayudando y así has de entenderlo. Hay quien dice que lo mejor de las vacaciones es volver, porque eso quiere decir que todo ha salido bien. Si aun así consideras que necesitas ayuda, no dudes en acudir a un profesional, existen técnicas de organización y de control de pensamiento que son perfectamente eficaces y válidas. Vivimos en una sociedad desarrollada que nos permite hablar de lo que nos pasa y que desarrolla estrategias para ayudarnos. Realmente somos afortunados. Y ahora es cuando cobra sentido el ¡felices vacaciones a los que os vais y feliz regreso a los que os incorporáis!]]>

2014-03-30T14:09:00+00:0030/03/2014|Sin categoría|
Share This